Desde hace algún tiempo he ido guardando en una caja roja algunas historias, relatos, microcuentos y pensamientos. Algunos reales, otros imaginarios. Ahora los comparto con vosotros...
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lunes, 21 de mayo de 2018

El niño con el corazón de patata



Bruno era un niño que tenía el corazón de patata. Sí, de patata. Era un milagro de la naturaleza. Los médicos no se explicaban cómo pudo sobrevivir al parto y cómo podía seguir con vida. Pero sus padres se asustaron tanto cuando se confirmó su peculiar patología que decidieron abandonarlo.
Vivía en un centro de acogida y no era feliz. Se sentía raro, diferente de cualquier otra persona que conociera. Los demás niños no querían jugar con él, le miraban como si fuera un monstruo. Y a los adultos les daba pena, aunque siempre renunciaban a adoptarle por los problemas médicos que pudiera padecer.

Un día llegó al centro otro niño también abandonado por sus padres. Tenía el corazón de papel. Sí, de papel. Otro milagro de la naturaleza, otro caso excepcional que nadie entendía cómo podía vivir. A diferencia de Bruno, el niño con el corazón de papel estaba siempre feliz.

- ¿Cómo te llamas? - le preguntó Bruno nada más conocerle.
- Diego. Pero todos me llaman "Corazón de papel". ¿Y tú? - le respondió.
- Me llamo Bruno. Yo tengo el corazón de patata. - respondió con vergüenza.
- Entonces te llamaré "Corazón de patata". - dijo riendo.
- ¿Por qué estás siempre contento? Eres un bicho raro. - preguntó Bruno.
- Porque no hay nadie como yo, nadie en el mundo. Y me alegro mucho de ser así. - respondió Diego con otra carcajada.
- Yo también soy diferente de los demás. No hay nadie más como yo.
- Entonces, ¿por qué estás triste?

El corazón de patata palpitó. Y, por primera vez en mucho tiempo, a Bruno se le escapó una sonrisa.


[Publicado en la revista Cheshire www.revistacheshire.com]

lunes, 19 de diciembre de 2016

La cita de Navidad




Aquel año, por primera vez la Navidad no había acudido a su cita. ¡Vaya sorpresa, le había dado plantón! ¿Cómo podía ser? Si él la seguía queriendo como siempre, vivía casi exclusivamente para ella. Pasaba todo el resto del año deseando que llegara el momento de su reencuentro anual. Y después de tanto tiempo juntos, no había venido.

Vale, era cierto que cada vez se cuidaba menos, que últimamente había ganado unos cuantos kilos de más. Y que su pelo sólo acumulaba canas y la barba no estaba tan cuidada como antes. También llevaba razón cuando le decía que tenía que pensar en cambiar de vestuario. Aunque a él le gustara su traje rojo y el gorro a juego, ella empezaba a cansarse de su escaso espíritu de renovación.

Era verdad que prefería la compañía de sus renos, sobre todo de Rudolf, y que casi nunca le respondía a las cartas que Navidad le mandaba para decirle que le echaba de menos. Pero es que, ¡recibía tantas! Ya le avisaba cada año que dedicaba demasiado tiempo a su trabajo, preparando los regalos, guardándolos y cargándolos en el trineo, para repartirlos todos de una vez. Navidad llevaba especialmente mal todos esos anuncios de publicidad que él tenía que hacer, como si fuera una estrella de cine. “Te veo más en la televisión que en persona”, solía decirle.

La distancia también era un problema en su relación. El polo norte no es precisamente un sitio cercano y no es especialmente agradable para vivir. Pero su trabajo estaba allí, era impensable mudarse a vivir con Navidad, por mucho que ella le insistiera.

Reconocía que pasaban muy poco tiempo juntos por culpa de sus viajes, pero es que tenía muchos amigos que le reclamaban y le absorbían casi por completo.  Y aunque Navidad le repetía a menudo que tenía que dejar de colarse en las casas por la chimenea, él no podía evitar hacerlo. "Un día acabarás delante de un juez por allanamiento de morada", le advertía. Para colmo, era consciente que esos tres amigotes de Oriente pretendían a Navidad y que eran muy atentos con ella, con todos esos regalos cuando ya empezaba a caer en el olvido. Algún día le abandonaría para irse con alguno de ellos. Claro, siendo reyes...

Así que, después de todos estos años, casi podía entender que Navidad hubiera decidido no acudir a su cita. Pero ahora lo único que podía hacer era volver a casa después del trabajo y esperar que el año próximo le hubiera perdonado, para que todo volviera a ser como antes.

Y si no, no le quedaría más remedio que buscar otra festividad que quisiera celebrar con él una cita anual.


Publicado en la edición de Navidad de la revista Cheshire http://www.revistacheshire.com