Desde hace algún tiempo he ido guardando en una caja roja algunas historias, relatos, microcuentos y pensamientos. Algunos reales, otros imaginarios. Ahora los comparto con vosotros...
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miércoles, 28 de abril de 2021

Mandarinas


La semana pasada compré una malla de mandarinas. Estaban de oferta y tenían muy buen aspecto. 

Al llegar a casa vi que una de ellas tenía una pequeña picadura pero no le di importancia. Así que la dejé en la malla.

Pasados un par de días la picadura empezó a coger un color blanquecino. Pensé que solo estaba en una mandarina y ya la quitaría de la malla en otro momento.

Tres días más tarde media mandarina estaba ya cubierta de moho. La dejé en la malla porque estaba demasiado ocupado y no tenía tiempo.

Hoy varias mandarinas están ya podridas. Además han empezado a pudrirse algunas otras frutas del frutero.

No dejes que crezca el odio.

martes, 3 de noviembre de 2020

Itamisan


Mi nombre es Sumiye Haindo, soy doctora en Neurología y Biotecnología por la universidad de Osaka. Dirijo el Departamento de Investigación del Dolor de la empresa Shorai Kaisha con sede en Tokyo. La corporación para la que trabajo fue fundada por la familia Koyama a principios del siglo XXI para la producción e instalación de sistemas limpios de climatización por aerotermia. En aquella época, en plena lucha contra el cambio climático, estos sistemas supusieron una autentica revolución en el sector y la inversión en este mercado proporcionó a la familia Koyama unos ingresos millonarios que engrosaron notablemente su ya enorme fortuna. Con los años, la empresa diversificó su actividad y apostó por otros negocios relacionados con la investigación y la innovación tecnológica como la Nanotecnología, la Robótica o la Inteligencia Artificial. Esto la ha convertido en la actualidad en una de las empresas tecnológicas más importantes del mundo.

Hace unos ocho años, Ryota Koyama, el primogénito de la cuarta generación de la familia, tomó posesión como Director General de la empresa. El señor Koyama tuvo una salud delicada desde su infancia, con continuas enfermedades y múltiples dolencias. El dolor marcó su existencia casi a diario, lo que provocó que desarrollara una personalidad arisca y malhumorada, con escaso contacto social y frecuentes ataques de ira. En el momento en el que asumió la dirección de la empresa, eran varios sus males crónicos: frecuentes migrañas, molestias en el maxilar derecho por una negligencia en una intervención quirúrgica, dolor continuo en la zona pélvica, artrosis en las manos y trocanteritis en la cadera izquierda. Esta última patología le proporcionaba una curiosa manera de andar, algo encorvado y con una característica cojera que el señor Koyama trataba de disimular sin éxito. Ninguna de sus dolencias tenía un tratamiento médico efectivo, más allá de dosis frecuentes de analgésicos y relajantes musculares que paliaban levemente sus dolores. Acudía mensualmente a sesiones de psicología y psiquiatría que le ayudaban a controlar en cierta manera la ansiedad que le provocaban sus males y a sobrellevar la vida de la manera más digna posible. Algunos trabajadores de la empresa se burlaban de él en privado llamándole Itamisan, el señor Dolor.

Una de las primeras decisiones del señor Koyama como Director General de la empresa fue crear el departamento que dirijo, cuyo objetivo principal es encontrar una manera de controlar y erradicar el dolor en el ser humano. Esto se convirtió en su principal motivación vital y su mayor obsesión. Quería que los mejores científicos y médicos pusieran en común sus conocimientos sobre el dolor y desarrollaran la tecnología necesaria para mitigarlo. Aunque, en realidad, lo que realmente ansiaba era que alguien pudiera eliminar su propio dolor.

El dolor se crea en el cerebro, algo que casi nadie se para a analizar cuando sufre alguna dolencia. Se tiene la creencia que el dolor se genera en el lugar en el que duele, cuando en realidad es el cerebro el que recibe la información enviada por la zona dañada y la analiza. Si con la información que recibe considera que existe peligro de destrucción de células en el lugar atacado, genera una respuesta a los tejidos de la zona y otros elementos del cuerpo para que respondan al ataque y eviten en lo posible la destrucción de esas células. Es entonces cuando se siente dolor, para avisar de la amenaza. Todas estas señales se envían y reciben desde el cerebro al resto del cuerpo mediante el sistema nervioso central y la médula espinal. Nuestra meta en el departamento era desarrollar un dispositivo que fuera capaz de detectar y clasificar todas esa señales, para discernir las que transmitían el dolor y poder anularlas o, al menos, mitigarlas. Así fue como nació el Proyecto Itami Nashi o Proyecto Sin Dolor.

Decenas de expertos profesionales en Neurología, Biotecnología, Computación Cuántica, Big Data e Inteligencia Artificial avanzamos durante años en la investigación de nuestros respectivos campos. Mi trabajo como coordinadora del proyecto era encontrar los nexos entre todos estos trabajos y unificarlos para conseguir nuestro objetivo. Pretendíamos diseñar un sistema formado por dos nanochips, uno para ser implantado en el cerebro y otro en la base de la espina dorsal. Ambos debían comunicarse y sincronizarse entre sí, además de poseer una velocidad de procesamiento un billón de veces superior al supercomputador más moderno creado hasta la fecha, para tener la capacidad de analizar todas las señales que genera el sistema nervioso. Estos dos nanochips tendrían que monitorizar de manera continua las señales eléctricas que se generaran y recibieran en sus órganos de control. Mediante un sistema de aprendizaje basado en redes neuronales, discernirían cuáles de ellas eran origen y respuesta al dolor. El siguiente paso sería conseguir anular las respuestas del cerebro al dolor, para evitar que el paciente sintiera esa sensación desagradable. Además, los nanochips tendrían que utilizar la propia energía de las señales eléctricas para funcionar y mantenerse en actividad constante. Por supuesto, todo se controlaría estrictamente desde nuestro laboratorio y cada sensación de dolor que fuera detectada quedaría registrada y notificada al paciente mediante un aviso a un dispositivo móvil, por lo que el paciente sería consciente en todo momento de que algún daño se estaba registrando en su cuerpo y podía actuar en consecuencia. De esta manera, un daño grave seguiría requiriendo atención médica del paciente, pero con la ventaja de que no sentiría ningún dolor mientras esperaba a ser atendido. Se dispondría también de la posibilidad de que el paciente pudiera permitir actuar a la respuesta original del cerebro y sentir una sensación dolorosa, adaptando en cada momento su umbral del dolor.

Fueron años de mucho trabajo y dedicación, con algunos fracasos que nos hacia replantearnos si era realmente factible abarcar un proyecto tan ambicioso. En esos momentos de dudas era cuando el señor Koyama solía enfurecerse más. Cuando me reunía con él para comunicarle algún mal resultado o algún error no contemplado que podía retrasar el proyecto solía enfadarse y gritarme fuera de sí. Estuve tentada en varias ocasiones a presentar mi renuncia, pero profesionalmente era el proyecto más importante en el que podía trabajar como científica. Además, si bien es cierto que el trato personal del señor Koyama era deleznable, en muchos casos ampliaba considerablemente el presupuesto asignado al proyecto sin consultar siquiera con la Junta Directiva de la empresa, para contratar más personal o invertir en nuevo material que nos ayudara a avanzar en las investigaciones. Su obsesión era desmedida y ponía a nuestra disposición todos los recursos que estuvieran a su alcance.

Cuando conseguimos un primer modelo teórico que en nuestras simulaciones parecía funcionar, le vi mostrar alegría por primera vez. Estaba exultante, parecía que había olvidado por completo que los dolores no le dejaban vivir y aparcó su mal humor por unas horas. El señor Koyama nos premió ese día con un sueldo extra para cada uno de los trabajadores del proyecto. Yo fui la encargada de rebajar sus desmedidas expectativas, temerosa de recibir otra de sus reprimendas. El modelo que habíamos desarrollado no dejaba de ser una hipótesis de trabajo, un punto de partida basado en datos de distintas fuentes y sin una implantación real factible en ese momento. Quedaba mucho camino por recorrer. A pesar de mis dudas, él estaba convencido que acabaríamos consiguiendo nuestro objetivo, su objetivo.

Después de otros dos años más de ensayos, pruebas, errores y algunos aciertos fuimos capaces de completar una primera versión del dispositivo Itami Nashi, el IN-1. Era una versión de un tamaño demasiado grande para poder implantarse aún dentro de un ser vivo, pero ya era capaz de procesar y diferenciar señales de dolores básicos como pinchazos o pequeños golpes. Las pruebas con roedores en el laboratorio fueron un éxito, aunque únicamente conseguíamos discernir un pequeño grupo de señales cerebrales. Era cuestión de tiempo que la red neuronal del IN-1 aprendiera de la experiencia y consiguiera diferenciar otros tipos de dolor de las señales que se producían en los cerebros de las ratas. Pero el señor Koyama no quería esperar más y ordenó que se empezaran a realizar pruebas con chimpancés, mucho más parecidos al ser humano en su sistema nervioso y cerebro. Insistí al señor Koyama en que era preferible ser más prudente y continuar entrenando al IN-1 para avanzar sobre una base de conocimiento mayor. Su enfado fue enorme, me gritó delante del resto del equipo directivo del proyecto y me amenazó con despedirme si no cumplía su mandato. El criterio científico quedó a un lado en esta ocasión por orden expresa del Director General.

Tardamos otro año y medio más en perfeccionar nuestro dispositivo y conseguir el IN-2, diseñado para ser implantado en el cerebro y médula espinal de un chimpancé. Tuvimos un sujeto con el IN-2 en funcionamiento al año siguiente. Durante seis meses el sistema detectó y clasificó más de tres mil tipos de señales nerviosas diferentes, identificando unas cuatrocientas como susceptibles de ser las responsables de trasladar información relativa al dolor y su respuesta. También fue capaz de identificar algunas de las señales que ordenaban la contracción o relajación de algunos músculos de las extremidades del chimpancé. Aún teníamos que encontrar la manera de identificar las señales de dolores crónicos, aquellos en los que la respuesta del cerebro al dolor en ocasiones puede ser un error de interpretación más que una amenaza concreta. En animales no habíamos experimentado todavía dolores de este tipo, solo dolencias puntuales. Sin embargo, en ese momento fue cuando yo empecé a creer realmente que lo conseguiríamos. Si habíamos avanzado tanto con un chimpancé, estábamos en condiciones de avanzar un paso más en el proyecto y fabricar el IN-3 pensado para ser implantado en humanos. Y, por supuesto, el señor Koyama veía cada vez más cerca el fin de sus días con dolor.

Fue entonces cuando tuvimos que acudir a exponer nuestro proyecto ante el Consejo de Ética Médica del Gobierno. El Consejo es un órgano perteneciente al Ministerio de Sanidad,  Trabajo y Bienestar y son los responsables de auditar y aprobar los proyectos que implican nuevas terapias médicas para que cumplan con todos los principios que rigen el Código Internacional de Ética Médica. Es decir, sin el visto bueno de este Consejo no podríamos avanzar en nuestra investigación y empezar las pruebas con humanos. En la reunión con el Consejo fui la responsable de explicar la parte médica y tecnológica del Itami Nashi. Pero el señor Koyama decidió hacer un alegato final, llevando su intervención a un terreno más personal y emocional, prometiendo el fin del dolor en los seres humanos, así como servir de base para futuras investigaciones relacionadas con otras enfermedades como el Parkinson, la esclerosis múltiple o la recuperación de la movilidad en parapléjicos y tetrapléjicos. Confiábamos en que el Consejo daría su visto bueno a nuestra investigación, por significar un enorme avance para la medicina y para el ser humano. Además, la familia Koyama es muy conocida en la alta sociedad japonesa y tiene importantes amistades entre los miembros del Gobierno. Es también muy reconocida en el ámbito empresarial, invirtiendo en diferentes sectores con éxito. Se podría decir que la familia Koyama pertenece a la élite social y económica del país.

Sin embargo, el informe del Consejo de Ética Médica fue desfavorable a la continuación del proyecto. La principal razón de su negativa fue que la eliminación del dolor en el ser humano era una perversión de la propia naturaleza, transformando a los individuos implantados con el Itami Nashi en seres deshumanizados. Además, alertaba del peligro de que el proyecto fuese utilizado para fines militares o paramilitares, creando ejércitos de soldados o mercenarios sin miedo al dolor, convirtiéndolos en una amenaza para el delicado equilibrio de la paz mundial. Finalmente, objetaba que el coste de un dispositivo así ampliaría aún más la brecha social, segregando a la población por su poder adquisitivo, sin dolor los que pudiesen costearlo y con dolor los que no. De nada sirvieron las alegaciones que realizamos por parte de la empresa ni las promesas de que sería usado únicamente con fines médicos y asequible para la mayor parte de la población. No se nos autorizaba a realizar pruebas con humanos y, en consecuencia, el proyecto no podía continuar.

La decisión del Comité generó una enorme frustración en todo el equipo del proyecto y especialmente en el propio señor Koyama. Después de tantos años y esfuerzo, nunca sabríamos qué habría pasado con el IN-3. Un par de días después de recibir el informe del Comité, el señor Koyama me convocó a una reunión en su despacho. En aquella ocasión no se mostró enfadado o rencoroso. Me encontré frente a un hombre agotado de luchar contra el dolor. Sin muchos preámbulos, se ofreció voluntario para que le fuera implantado el IN-3 y seguir en secreto con el proyecto. Me parecía que se aferraba a su última esperanza para poder vivir sin sus dolores. Confieso que tuve serias dudas de aceptar su propuesta. Los problemas legales que me podía acarrear si éramos descubiertos eran muy importantes, podría llegar incluso a una pena de cárcel y significaría la pérdida de mi credibilidad y prestigio como científica. Sin embargo, también reconozco que el deseo de continuar con un proyecto que había sido mi vida en los últimos ocho años y la ambición de lograr un descubrimiento histórico para la humanidad me cegaron. Así que acepté la propuesta del señor Koyama. Redujimos al mínimo imprescindible el equipo de investigadores y técnicos que trabajarían con nosotros y les hicimos firmar un contrato de confidencialidad que nos eximía de toda responsabilidad en caso de ser delatados.

Implantamos el IN-3 en el señor Koyama hace hoy justo un año y los avances fueron espectaculares. La red neuronal de clasificación de señales nerviosas se adaptó rápidamente al señor Koyama. En sólo cuatro meses alcanzamos una cifra de más de doscientas mil señales diferentes identificadas, clasificándolas no sólo en la categoría de dolor, si no también en movimientos musculares, información relativa a los sentidos como formas, colores, sonidos, olores o sabores, emociones como la ira o la ansiedad, adaptación de la frecuencia respiratoria, contracción y relajación de la vejiga y otras decenas de categorías más. Prácticamente, monitorizábamos y almacenábamos la mayor parte de la actividad cerebral del señor Koyama. Y lo verdaderamente importante, el señor Koyama fue capaz de reducir gran parte de sus dolores crónicos anulando desde su dispositivo móvil personal cualquier alarma que el cerebro emitía como respuesta a una amenaza para su cuerpo. Incluso, al dejar de sentir sus dolores en la cadera izquierda, desapareció su característica cojera y volvió a andar erguido. Sin sus dolencias crónicas acompañándole, el señor Koyama era feliz. Al menos, lo fue durante un tiempo.

Hace algo más de un mes cometí un terrible error. Ordené la actualización del proceso de sincronización entre los nanochips del IN-3. Era una tarea que ya se había realizado antes sin problemas y, en principio, no debía tener ninguna complicación. El ingeniero jefe de Desarrollo Software me alertó de la necesidad de realizar algunas pruebas previas en el simulador, para asegurar que el funcionamiento era correcto. Sin embargo, ante la experiencia previa, decidí omitir las pruebas para ganar tiempo y mandé al ingeniero jefe que hiciese la actualización de inmediato. Al hacerla, el IN-3 del cerebro del señor Koyama y el IN-3 de su espina dorsal perdieron la comunicación. Registramos la desconexión de ambos nanochips durante un periodo de unos pocos minutos. Pero fueron unos minutos fatales. Durante ese periodo, el señor Koyama perdió la posibilidad de detectar y eliminar el dolor, por lo que toda la información de sus dolencias crónicas volvió a circular de nuevo por su sistema nervioso y, en consecuencia, por su cuerpo. Recuerdo perfectamente la mirada del señor Koyama clavada en mi mientras tratábamos de solucionar desesperadamente el problema. Pude leer en sus ojos terror, sufrimiento y un enorme odio. Si el dolor le hubiese permitido moverse, me habría matado en ese mismo momento. Después de meses sin sentir ningún dolor, su corazón no aguantó el impacto de todo ese daño concentrado en pocos minutos y falleció. El médico personal del señor Koyama, obligado por su contrato de confidencialidad, certificó una muerte natural y ocultó en la autopsia las pruebas del IN-3 implantado en su cuerpo. Por segunda vez, el proyecto Itami Nashi había fracasado. Pero lo que sin duda significaba para mi la mayor tragedia, había supuesto la muerte de un ser humano. Y yo era la responsable.

Dos días después, al salir del funeral del señor Koyama, se me acercó un hombre desconocido y se presentó como Hideki Sato. Hideki me contó que conocía al señor Koyama del grupo de terapia contra el dolor crónico al que ambos acudían. Los miembros del grupo compartían en reuniones mensuales su experiencia con los dolores que sufrían, por si podían ayudar a otros pacientes y, a la vez, para servir de desahogo de sus propias dolencias. Ambos establecieron un vínculo especial porque tenían un historial médico muy parecido, de edad similar, con dolores crónicos de la misma naturaleza y con idéntica obsesión por el dolor. Su principal diferencia eran los recursos económicos: mientras uno era un magnate millonario dueño de una empresa de éxito, el otro era un conserje en un hospital público con un sueldo con el que apenas cubría sus gastos médicos. Hideki me dijo que me conocía porque el señor Koyama le había hablado de mí y del Itami Nashi. Me preguntó sin rodeos qué podría recibir a cambio de ofrecerse voluntario para que continuáramos investigando con él, además de dejar de sentir dolor. La pregunta me dejó sin palabras, no sabía qué responder. Era evidente que el señor Koyama no había mantenido el secreto que al equipo científico nos había obligado a guardar, pero suponía una nueva oportunidad que merecía la pena replantearse. Mi orgullo y ambición como científica pudo con mi razón como ser humano.

Tras confirmar que Hideki me había contado la verdad y comprobar que su historial médico era similar a la del señor Koyama, le ofrecí una importante suma de dinero a cuenta del presupuesto del proyecto. Al fin y al cabo, estábamos muy cerca de conseguir nuestro objetivo y las investigaciones estaban ya llegando a su fin, si todo iba según lo previsto. Él, para asegurarse que merecía la pena correr el riesgo de participar en las pruebas, me obligó a que el dinero fuera a parar a su familia en caso de que el experimento fracasara. Si le ocurría lo mismo que al señor Koyama, al menos alguien se beneficiaría de su muerte. Acepté con la condición de que él me dejara implantarle el IN-3 utilizando la base de conocimiento que ya teníamos de la red neuronal del señor Koyama. Con historiales médicos tan parecidos podíamos ganar muchísimo tiempo de aprendizaje, pudiendo conseguir unos resultados mejores en menos tiempo. Hideki asintió sin ser realmente consciente de las consecuencias.

La semana pasada Hideki fue implantado con el IN-3 cargado con la red neuronal del señor Koyama. Cuando fue reanimado tras la intervención vivimos unos momentos de pánico. Hideki estaba fuera de sí, con una fuerza enorme, con todos sus músculos moviéndose de forma espasmódica, apenas podíamos sujetarlo con las correas de la camilla en la que se encontraba. Parecía que sufría una especie de ataque epiléptico. Hablaba sin sentido, los ojos estaban desorbitados y las pupilas dilatadas, la frecuencia cardíaca estaba por encima de doscientas pulsaciones y la respiración era entrecortada. La red neuronal captaba millones de señales pero era incapaz de clasificar prácticamente ninguna, mostrando errores continuamente y emitiendo avisos de señales dolorosas cada dos segundos. Los nanochips del cerebro y de la espina dorsal perdían la conexión y volvían a conectarse de forma intermitente. Creí que Hideki iba a morir en aquel mismo momento y que sobre mi conciencia recaería una segunda muerte en pocos días.

Pero sobrevivió. Poco a poco fue estabilizándose y recuperando unas constantes vitales normales. La red neuronal del IN-3 se reconfiguró con cientos de nuevas categorías diferentes, contabilizando unos dos millones de tipos de señales diferentes. Las pruebas preliminares que le hicimos en el laboratorio confirmaban que era capaz de identificar los dolores básicos y anular su respuesta, Hideki aseguraba no sentir ningún tipo de dolor. Desde un punto de vista científico, el proyecto había alcanzado un éxito rotundo.

Sin embargo, hace dos días Hideki cambió radicalmente. Me refiero a que cambió físicamente. Se modificó su expresión facial, los movimientos de sus brazos, su postura al sentarse, incluso su voz. Empezó a andar encorvado y cojear de la pierna izquierda. En el registro de su actividad cerebral todas las señales que recogía el IN-3 se modificaron y eran idénticas a las que teníamos registradas del señor Koyama, con la salvedad de que ya no identificaba ningún tipo de dolor ni podía anularlos. Hideki estaba sintiendo de nuevo los mismos dolores crónicos que compartía con el señor Koyama. Además cambió drásticamente su actitud hacia el equipo del proyecto, empezó a ser más irascible y no colaboraba en absoluto en sus chequeos de seguimiento. Era evidente que empezó a odiarnos y esas emociones negativas también quedaban almacenadas en el IN-3. En particular, se mostraba especialmente agresivo conmigo. Cuando acudía a verle se registraba una ansiedad elevada y se le aceleraba el pulso. Cuando hablaba su voz era prácticamente igual que la del señor Koyama. Sé que puede parecer una locura y que es una afirmación muy poco científica, pero diría que, en lugar de que la red neuronal del IN-3 del señor Koyama se haya adaptado al cuerpo de Hideki, es el cuerpo de Hideki el que se ha adaptado a la red neuronal del señor Koyama.

Anoche, Hideki desapareció del laboratorio. Nadie sabe cómo o por dónde salió, no hay registro en ninguna de las puertas de acceso ni ninguna grabación en las cámaras de seguridad. El geolocalizador que incluimos en el IN-3 se desactivó, en su última posición estaba ubicado en la habitación en la que Hideki dormía. No tenemos forma de saber dónde se encuentra. Simplemente, se ha esfumado sin dejar rastro.

Esta misma mañana me ha parecido ver desde la ventana de casa a un hombre que cojeaba de la pierna izquierda merodeando cerca de la entrada. Al salir a la calle he encontrado una nota manuscrita en mi buzón: “Sentirás el dolor que yo sentí. Itamisan nunca muere”.

lunes, 2 de marzo de 2020

Pre-juicio



Y ella finge que se lo cree. Así se lo inculcaron en el bufete cuando comenzó a trabajar para ellos como abogada. “Lo que dice el cliente, es la verdad.”, le advirtieron. Ahora está en su despacho frente a un violador al que acusan todas las pruebas, aunque él insista en que todo fue consentido por la víctima. Su aire de superioridad cuando entró por la puerta y su mirada lasciva al mirarla la convencieron de la estrategia a seguir en el juicio. Con tono firme le dice: “No se preocupe, se hará justicia”.
 
[Enviado a Relatos en Cadena de la Cadena Ser]

martes, 18 de febrero de 2020

El espejo


Ahora ya vestido se miró en el espejo y descubrió por fin su error. Había estado demasiado tiempo pendiente de sí mismo, fijándose en cómo era y en qué le pasaba. Por eso olvidó mirarla a ella cuando más le necesitaba. Por eso ella se había marchado. Y por eso ahora estaba sólo y deprimido. Así que agarró la silla que tenía a mano y la lanzó con todas sus fuerzas contra el espejo, rompiéndolo en mil pedazos que cayeron a sus pies.

[Enviado a Relatos en Cadena de la Cadena Ser]

martes, 11 de febrero de 2020

La primera vez



Empezó a llorar sujetando firmemente el enorme cuchillo de cocina en su mano derecha. No entendía cómo había ocurrido, nunca le había pasado nada parecido en sus treinta y dos años de vida. La sensación era extraña y, a la vez, placentera. Se asustó de sí mismo por pensar en que le apetecía repetir esa experiencia, volver a sentir el cosquilleo que acaba de sentir en su tripa. Allí la tenía, delante de sus ojos aún húmedos, inerte y retándole a continuar. Mientras le volvía a clavar el cuchillo, pensó: “Maldita cebolla”.

[Enviado a Relatos en Cadena de la Cadena Ser]

miércoles, 22 de enero de 2020

Reyes Magos


Los zapatos vacíos brillaban junto a la puerta. Otros años aparecían por la mañana llenos de caramelos y chucherías, rodeados de regalos. Pero este enero era diferente. Ella se marchó para siempre unas semanas antes y toda su ropa y sus zapatos seguían en el armario. Al apagar la luz antes de irse a dormir, un pensamiento fugaz cruzó por su mente: “¿Y si sigue existiendo la magia?”. Cuando despertó del efecto del ansiolítico sintió de nuevo la ilusión en la tripa, como cuando era niño. Saltó de la cama y corrió hacia la puerta. Allí seguían los zapatos vacíos.

[Enviado a Relatos en Cadena de la Cadena Ser] 

miércoles, 26 de junio de 2019

¿A dónde van las hojas?



Cada mañana a primera hora recorro el Retiro para limpiar y adecentar el Parque. Llevo más de veinte años trabajando en esto y nunca había visto lo que está ocurriendo este otoño: las hojas que caen de los árboles están desapareciendo. Cuando entro al Parque, no queda ni una hoja en el suelo. Ayer decidí quedarme a pasar la noche para ver qué ocurría. Y lo descubrí.
Vi a un tipo extraño salir de la Osera de la Casa de Fieras, recoger con una pala los montones de hojas que había cerca, guardarlas en un saco y volver a entrar. Repitió este proceso varias veces. Le seguí y entré a una especie de cueva subterránea por una trampilla que se dejó abierta. Y allí estaba el tipo, revisando una por una todas las hojas y guardando en sobres transparentes las que iba eligiendo.
“¿Qué estás haciendo?” le pregunté. “Colecciono hojas.” me respondió sin sorprenderse de mi presencia. “Y ¿para qué?” me picaba la curiosidad. “Para construir un libro. Un libro con todas las hojas diferentes. El libro más grande y más bonito del mundo.”, me dijo con una sonrisa burlona.

lunes, 21 de mayo de 2018

El niño con el corazón de patata



Bruno era un niño que tenía el corazón de patata. Sí, de patata. Era un milagro de la naturaleza. Los médicos no se explicaban cómo pudo sobrevivir al parto y cómo podía seguir con vida. Pero sus padres se asustaron tanto cuando se confirmó su peculiar patología que decidieron abandonarlo.
Vivía en un centro de acogida y no era feliz. Se sentía raro, diferente de cualquier otra persona que conociera. Los demás niños no querían jugar con él, le miraban como si fuera un monstruo. Y a los adultos les daba pena, aunque siempre renunciaban a adoptarle por los problemas médicos que pudiera padecer.

Un día llegó al centro otro niño también abandonado por sus padres. Tenía el corazón de papel. Sí, de papel. Otro milagro de la naturaleza, otro caso excepcional que nadie entendía cómo podía vivir. A diferencia de Bruno, el niño con el corazón de papel estaba siempre feliz.

- ¿Cómo te llamas? - le preguntó Bruno nada más conocerle.
- Diego. Pero todos me llaman "Corazón de papel". ¿Y tú? - le respondió.
- Me llamo Bruno. Yo tengo el corazón de patata. - respondió con vergüenza.
- Entonces te llamaré "Corazón de patata". - dijo riendo.
- ¿Por qué estás siempre contento? Eres un bicho raro. - preguntó Bruno.
- Porque no hay nadie como yo, nadie en el mundo. Y me alegro mucho de ser así. - respondió Diego con otra carcajada.
- Yo también soy diferente de los demás. No hay nadie más como yo.
- Entonces, ¿por qué estás triste?

El corazón de patata palpitó. Y, por primera vez en mucho tiempo, a Bruno se le escapó una sonrisa.


[Publicado en la revista Cheshire www.revistacheshire.com]

lunes, 5 de febrero de 2018

El interruptor


- ¿Y cómo dices que se llama?
- Todavía no tiene nombre comercial, están esperando a tener la aprobación definitiva para sacarlo a la venta. Por ahora lo llaman “El interruptor”.

Los dos hombres de unos cuarenta años entran en el hospital por una puerta de servicio. Uno de ellos enseña su credencial al guardia de seguridad que asiente mientras les deja pasar sin preguntar nada. El hombre de la credencial guía al otro por varios pasillos hasta llegar a un ascensor de puerta metálica. Una vez en el ascensor, retoman la conversación.

- Ese interruptor será algo seguro, ¿no? A ver si voy a tener problemas después de…
- Por lo que yo sé, todas las pruebas que se han realizado con los animales han sido un éxito. Si no, no habrían pasado a la fase con voluntarios humanos. No te preocupes, son excelentes profesionales.
- Ya… Es sólo que me produce mucho respeto…
- Es lógico. Pero recuerda todas las ventajas que te he contado. Todo a cambio de un único pinchazo que no dura ni cinco segundos. No te preocupes, el doctor te lo explicará mejor.

Los dos hombres llegan a la planta dieciséis y entran en un enorme despacho. Al fondo, junto a una inmensa cristalera, el doctor enfundado en una bata blanca lee un dossier de varios folios. Al verles entrar, lo deja en la mesa y se dirige hacia ellos con una amplia sonrisa. Es un hombre alto, cercano a los sesenta años y con una calva incipiente. Estrecha la mano de los dos hombres mientras habla de forma melosa:

- ¡Muchas gracias por venir! Es un placer poder recibir a nuestro primer paciente. Por favor, siéntese. Es usted un pionero, una referencia para la ciencia. En el futuro, será usted recordado como el hombre que permitió mejorar la vida de toda la raza humana.
- Gracias, supongo.
- ¿Le han explicado ya en qué consiste?
- Sí, algo me han contado – dice mientras mira al hombre de la credencia que espera sentado al lado de la puerta -. Pero no me vendría mal que me lo volviera a contar.
- Por supuesto, se lo explico todo encantado. Verá, en este departamento llevamos años investigando en nanotecnología, en concreto en su uso en temas médicos y de salud. Hemos avanzado mucho y estamos a punto de dar por finalizado el desarrollo de un nuevo dispositivo que revolucionará la medicina tal y cómo la conocemos. Mediante una incisión microscópica podemos introducir en la base del cerebro del paciente este dispositivo que permite controlar la actividad cerebral. En concreto, permite activar y desactivar parte de sus funciones.
- De ahí que se le llame “El interruptor” – apostilla el acompañante desde su silla.
- Correcto – prosigue el doctor con su voz melosa -. Pero el nombre es provisional. Lo importante es que se puede desactivar parte del cerebro y volver a activarlo a demanda, desde una pequeña aplicación instalada en el móvil del paciente. Desinhibe las ondas cerebrales causantes de la ansiedad, el estrés, el miedo, la angustia… Y permite que puedan apagarse temporalmente y volver a activarse pasado un tiempo establecido por cada paciente, según su criterio. El efecto secundario es un estado de total relajación por parte del paciente, por lo que el sujeto se queda aletargado, como si estuviese dormido profundamente durante ese tiempo. Por supuesto, las constantes vitales se mantienen y el paciente no sufre ningún riesgo. Todo ventajas, ¿no cree?
- Es decir, que sirve, por ejemplo, para cuando no puedes dormir porque no puedes dejar de pensar en algo, ¿no?
- ¡Exacto! – la sonrisa del doctor es aún más amplia y triunfalista -. Imagínese lo que supone. Se acabaron las noches en vela, el fin de darle vueltas a los problemas sin poder sacarlos de su cabeza. El paciente se duerme, descansa y a la mañana siguiente tiene todo el tiempo que necesite para pensar en lo que quiera. Evidentemente, esto no solucionará los problemas que tenga. Pero le evitará malas noches sin poder dormir. Se acabaron los somníferos y otros fármacos con problemas de adicción. En un futuro podría ser la solución al insomnio, al estrés excesivo causante de problemas cardiacos, a los accidentes de tráfico por falta de descanso… ¡Es prometedor!
- Pero no se ha usado nunca con personas, ¿verdad?
- Cierto. Hemos realizado experimentos con diferentes tipos de animales y han sido un éxito completo. Pero – el doctor baja el volumen de su voz, como si alguien pudiera oírle – no se nos permite oficialmente hacer pruebas con seres humanos, todavía. ¿Me entiende?
- Sí, ya me han avisado. No puedo decir nada de todo esto hasta que ustedes me autoricen.
- Eso es, debe firmar su consentimiento que incluye un acuerdo de confidencialidad que tengo aquí mismo – el doctor recoge de la mesa el dossier que estaba leyendo y lo entrega a su interlocutor.

El dossier tiene unas doce páginas que hojea por encima. Al final hay un espacio de puntos junto a su nombre y la fecha del día. Es donde debe firmar si quiere aceptar participar en la prueba.

- Otra duda…
- Las que quiera. Estamos para informarle de todo lo que necesite – de nuevo la sonrisa amplia del doctor y el tono meloso.
- Concretamente, ¿cómo se maneja el interruptor?
- Muy sencillo. Instalamos una app en su teléfono móvil que le permite interactuar con el dispositivo. Están vinculados unívocamente, son personales e intransferibles, tanto la app como el dispositivo. Y en la app sólo tiene dos opciones: activar y desactivar, como el on y el off de todos los electrodomésticos caseros. Paradójicamente, activar el dispositivo desactiva el cerebro y viceversa – el doctor ríe de su propia broma sin que ninguno de los otros dos le siga. – Para ello, primero establece cuánto tiempo quiere estar desactivado y luego pulsa el botón de activar. Su cerebro entrará en una especie de sueño profundo. Pasado el tiempo establecido, el dispositivo vuelve a activar la parte del cerebro correspondiente y el paciente se despierta de la misma manera que después de una siesta. Por supuesto, para activarlo la app le solicitará una clave que únicamente usted conocerá. Así nadie podrá aprovecharse del dispositivo aunque le robaran el móvil. Ni siquiera nosotros podríamos utilizarlo. La app tiene los más modernos sistemas de seguridad, utilizando doble encriptación y un algoritmo prácticamente indescifrable para la comunicación con su dispositivo. Además, están identificados por constantes biométricas extraídas de su ADN. Únicamente usted podrá controlar su dispositivo. Al igual que únicamente usted puede usar su cerebro. Es decir, es cien por cien seguro.
- Y para meter el dispositivo en mi cabeza…
- Un pinchazo minúsculo, como si se le pusiera una vacuna – interrumpe el doctor -. Ni puntos, ni dolores, ni cicatriz. No notará nada. Desde aquí le haríamos las revisiones oportunas. Es muy importante para nosotros poder monitorizar todo lo que le sucede, aquí estará perfectamente atendido.

El hombre con el dossier en la mano recuerda todas las noches en vela, sus trastornos de ansiedad, su tensión alta debido al estrés del trabajo y a las preocupaciones del día a día, sus problemas y discusiones con su familia. Una mala racha que dura ya demasiado.

- De acuerdo, déjeme un bolígrafo y firmo el consentimiento.
- ¡Perfecto! Tenga – el doctor le entrega un bolígrafo que sostenía en la mano durante toda la conversación -. Ahora mismo aviso a mi equipo para que preparen la intervención.
- ¿Ahora? ¿Ya? No pensaba que fuera tan rápido…
- ¿Para qué esperar? Se prepara todo en cinco minutos. Acompáñeme, por favor – el doctor se dirige a la puerta mientras marca un número en su teléfono móvil -. Preparad todo, bajo a la sala con el paciente cero.

El hombre sale del hospital con la nueva app instalada en su móvil y un leve escozor en la nuca. Para un taxi que le lleva a su casa y entra directamente en la habitación. Aún no ha llegado nadie de su familia y está ansioso por probar a desactivarse el cerebro. La gata angora que vive con ellos le acompaña hasta la cama, intentando conseguir algo de atención de su dueño y tendiéndose a sus pies. El hombre accede a la app del móvil y establece una nueva contraseña para poder usarla sin la injerencia de los médicos. Se fía de ellos, pero nunca se sabe. Es mejor ser precavido. Configura el tiempo de inactividad a cinco minutos, más que suficiente para comprobar si funciona correctamente. Respira profundamente y pulsa el botón de activación. Inmediatamente empieza a sentir somnolencia y su mente se queda en blanco. El teléfono móvil queda sobre la cama, junto a su cuerpo inerte. La gata se acerca a su dueño buscando una caricia. Recorre las piernas, el estómago, el pecho y se dirige hacia su mano. Una de sus patas golpea levemente el teléfono que se desliza lentamente por el edredón. Resbala poco a poco hasta caer al suelo, rompiéndose la pantalla y quedando inutilizado. La gata ronronea en la oreja de su dueño, intentado despertarle en vano. Pasan los minutos y la gata deja a su dueño tumbado en la cama, sabiendo que hoy no recibirá ninguna caricia de su parte.

[Inspirado en la serie Black Mirror]