Desde hace algún tiempo he ido guardando en una caja roja algunas historias, relatos, microcuentos y pensamientos. Algunos reales, otros imaginarios. Ahora los comparto con vosotros...

lunes, 14 de diciembre de 2015

Microcuento

Mientras perseguía a su alma gemela dejó escapar a su alma melliza.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Maratón





Casi un año pensando en ello, 16 semanas de entrenamientos, unos 500 kilómetros de preparación, algunos dolores de rodilla, tendones y otros que ya no recuerdo, 15 sesiones de fisioterapia, cientos de ejercicios de estiramientos, ciertas renuncias a los alimentos que más me privan (menos de las que hubiera debido), varias sesiones en muy buena compañía (más de las que hubiera imaginado), instantes puntuales de dudas razonables, días de calor, de frío, de lluvia y de viento, muchos ánimos de gente cercana y no tan cercana, casi 4 kilos menos de peso, continuas duchas de agua fría para las piernas, unos pocos madrugones domingueros, horas y más horas corriendo en soledad...

Después de todo esto, ya sólo quedan 42 kilómetros (y 195 metros). Los últimos, los más difíciles, los más emocionantes, los más esperados y los más temidos.

No sé si conseguiré llegar. Y, si llego, no sé en qué condiciones lo haré. No sé cuánto me costará recuperarme ni si algún día me volverá a apetecer salir a correr. Tampoco tengo nada claro en estos momentos que quiera repetir esta experiencia y pasar de nuevo por todo esto en el futuro.

Pero lo que sí sé es que, pase lo que pase, ya habré alcanzado mi meta. La meta de haber completado toda la preparación y colocarme en la línea de salida. La meta de saber que se puede conseguir algo con esfuerzo y constancia, superando adversidades, disfrutando de los momentos buenos. La meta de tener la certeza que se pueden alcanzar los objetivos (razonables) que te planteas si realmente lo deseas. La meta de conocerme un poco más a mi mismo, mis límites y mis aptitudes, de superarme un poco cada día. La meta de saber tener paciencia y no esperar a que todo suceda ya. La meta de tratar de controlar la mente para que la mente trate de controlar al cuerpo. La meta de aprender a sufrir un poco para saborear mejor los resultados.

Así que, si el domingo no puedo con los últimos kilómetros y no recibo ninguna medalla, me dará igual. Porque yo ya me he llevado mi premio.

martes, 3 de noviembre de 2015

Microcuento

Mientras perseguía un imposible descubrió que lo inesperado era siempre lo más probable.

domingo, 27 de septiembre de 2015

viernes, 28 de agosto de 2015

Imagina



Imagina que vives en un país que está en guerra. Que tu objetivo de cada día es evitar que te mate una bomba o un disparo. Que ves como algunos de tus amigos y familiares ya no están contigo. Que intentas por todos los medios que tus hijos no descubran lo cruel que es una situación así. Que algunos de tus vecinos pueden delatarte simplemente por pensar diferente o profesar otra religión que no es la suya. Que la comida escasea cada vez más y que las casas son destruidas a tu alrededor sin importar si hay alguien viviendo dentro.

Imagina que vives en un un lugar sin recursos. Un lugar en el que la pobreza no es una excepción, es la norma. Un lugar donde sabes que el hambre convive con prácticamente todos los que viven allí y en el que la esperanza de vida se va reduciendo cada año. Un lugar en el que, a pesar de ser tu hogar, no quieres estar nunca más.

Imagina que alguien sin escrúpulos te hace saber que tienes oportunidad de una vida mejor en otro sitio. Alguien que te promete que, a cambio de una cantidad de dinero que ni siquiera puedes reunir por ti mismo, puedes cerrar este capítulo y conseguir lo que jamás soñaste con llegar a tener. Alguien que te insiste tanto en que es posible, que consigue que superares el miedo a perder la vida en el intento.

Imagina que llegas una noche a la orilla del mar donde te espera una barcaza, con pinta de poco resistente. Y donde esperan otras decenas de personas que también han sido convencidas por el tipo sin escrúpulos que se frota las manos contando los billetes que has conseguido reunir. Decenas de personas en las que sólo ves miedo y desesperación, lo mismo que ellos ven en ti. Imagina que en lugar de la orilla del mar es el comienzo de un desierto, la ascensión a una escarpada cordillera, una carretera inhóspita o una enorme valla metálica a la que tienes que escalar.

Imagina que, mientras estás en la barcaza en mitad de un mar embravecido, caminando en la oscuridad de la noche, escondido en algún recoveco de un camión o encaramado en la valla metálica, piensas en los tuyos. En esos que saben que te has marchado y que no tienen manera de saber de ti durante días o semanas o incluso meses. Imagina que cuando estás allí, piensas en todos los que salieron antes que tú y nunca llegaron. Los que se quedaron en el camino, ahogados, enfermos, despeñados, atropellados... Esos que fueron tan valientes como tú y que no obtuvieron el premio que tú esperas. Esos que no obtuvieron ningún premio, que sólo consiguieron una muerte solitaria en mitad de ningún sitio.

Imagina el frío, la humedad, el cansancio, la deshidratación, el hambre, el temor a ser descubierto. Así durante horas, en las que sólo puedes esperar. Esperar y rezar a algún Dios que evite que la barca se hunda, que el camión se estrelle, que las fuerzas flaqueen, que el desanimo se contagie, que la esperanza se pierda.

Imagina que consigues sobrevivir al viaje y llegas a tu destino. Ese lugar que tú esperas como un paraíso y en el que te reciben como un problema, no como el ser humano que eres. Un lugar en el que existen unas leyes que no conoces y en las que apareces catalogado como delincuente, sin tener en cuenta de dónde vienes o lo que has sufrido. Ese en el que se mezclan los llantos de los niños con las súplicas de las madres para que les dejen estar. Ese lugar en el que no entiendes qué te dicen, pero sí comprendes que no eres bien recibido.

Imagina que tienes la suerte de pasar al otro lado y llegar a un lugar completamente desconocido, en el que no conoces a nadie y en el que algunos te odian por ser simplemente diferente. Imagina que tienes que buscar una manera de ganar dinero para poder alimentarte, para poder pagar un sitio en el que dormir, para intentar contactar con tu familia para decirles que estás vivo, para hacérselo llegar a tus hijos o tus padres y que puedan vivir un mes más. Y que otro individuo sin escrúpulos te ofrece una miseria a cambio de esclavizarte y tener que trabajar mil horas escondido en algún taller clandestino o vendiendo cualquier cosa en playas, plazas, mercados... Ocultándote siempre de la policía y de los indeseables que quieres echarte de su país para que no le quites el trabajo.

Imagina si no te plantearías si a esto se le puede considerar vida.

¿Te cuesta imaginártelo? Pues es la realidad de cada día de muchísimos seres humanos.