La musa se quedó en blanco y el escritor puso el punto y final.
Desde hace algún tiempo he ido guardando en una caja roja algunas historias, relatos, microcuentos y pensamientos. Algunos reales, otros imaginarios. Ahora los comparto con vosotros...
lunes, 16 de enero de 2017
lunes, 19 de diciembre de 2016
La cita de Navidad
Aquel año, por primera vez la Navidad no había acudido a
su cita. ¡Vaya sorpresa, le había dado plantón! ¿Cómo podía ser? Si él la
seguía queriendo como siempre, vivía casi exclusivamente para ella. Pasaba todo
el resto del año deseando que llegara el momento de su reencuentro anual. Y
después de tanto tiempo juntos, no había venido.
Vale, era cierto que cada vez se cuidaba menos, que
últimamente había ganado unos cuantos kilos de más. Y que su pelo sólo
acumulaba canas y la barba no estaba tan cuidada como antes. También llevaba
razón cuando le decía que tenía que pensar en cambiar de vestuario. Aunque a él
le gustara su traje rojo y el gorro a juego, ella empezaba a cansarse de su
escaso espíritu de renovación.
Era verdad que prefería la compañía de sus renos, sobre
todo de Rudolf, y que casi nunca le respondía a las cartas que Navidad le
mandaba para decirle que le echaba de menos. Pero es que, ¡recibía tantas! Ya
le avisaba cada año que dedicaba demasiado tiempo a su trabajo, preparando los
regalos, guardándolos y cargándolos en el trineo, para repartirlos todos de una
vez. Navidad llevaba especialmente mal todos esos anuncios de publicidad que él
tenía que hacer, como si fuera una estrella de cine. “Te veo más en la
televisión que en persona”, solía decirle.
La distancia también era un problema en su relación. El
polo norte no es precisamente un sitio cercano y no es especialmente agradable
para vivir. Pero su trabajo estaba allí, era impensable mudarse a vivir con
Navidad, por mucho que ella le insistiera.
Reconocía que pasaban muy poco tiempo juntos por culpa de
sus viajes, pero es que tenía muchos amigos que le reclamaban y le absorbían
casi por completo. Y aunque Navidad le
repetía a menudo que tenía que dejar de colarse en las casas por la chimenea,
él no podía evitar hacerlo. "Un día acabarás delante de un juez por
allanamiento de morada", le advertía. Para colmo, era consciente que esos
tres amigotes de Oriente pretendían a Navidad y que eran muy atentos con ella,
con todos esos regalos cuando ya empezaba a caer en el olvido. Algún día le abandonaría
para irse con alguno de ellos. Claro, siendo reyes...
Así que, después de todos estos años, casi podía entender
que Navidad hubiera decidido no acudir a su cita. Pero ahora lo único que podía
hacer era volver a casa después del trabajo y esperar que el año próximo le
hubiera perdonado, para que todo volviera a ser como antes.
Publicado en la edición de Navidad de la revista Cheshire http://www.revistacheshire.com
lunes, 12 de diciembre de 2016
Menú del día
- ¿Cuánto falta, papá? - me pregunta Lucas por tercera vez en menos de diez minutos.
Como cada domingo, vamos a la residencia a visitar a su abuelo. A Lucas no le gusta nada ir, dice que se aburre. No le culpo, el abuelo ya casi ni nos reconoce y la mayor parte del tiempo mira hacia el infinito sin vernos siquiera. Pocas veces hila tres o cuatro frases seguidas.
- ¿Qué comemos hoy? ¡Pizza! Por favor... - suplica Lucas, en claro chantaje emocional de niño de cinco años.
Accedo dando por hecho que acabaremos comiendo lo que él quiera. Cuando yo tenía su edad, se comía lo que hubiera ese día. Recuerdo la comida casera de mi madre, disfrutar de la mezcla de aromas al entrar en casa después del colegio. Y recuerdo a mi padre llegando del trabajo por la noche y jugando conmigo a adivinar el menú del día. Se colocaba delante de mí, me frotaba el pelo, me daba unos golpecitos suaves en la cabeza, como si llamara a la puerta, y se llevaba los nudillos a la nariz. Aspiraba profundamente, absorbiendo el olor de la comida que le llegaba desde mi cabeza hasta sus nudillos, se concentraba y hacía una pausa antes de decir:
- De primero... macarrones - sin dudar -. Y de segundo… ¿pollo con ensalada? - a veces titubeaba un poco, para no parecer demasiado seguro.
- ¡Sí! ¡Has acertado! - exclamaba entusiasmado.
Me parecía increíble, mi padre lo adivinaba siempre. Nunca me percaté de cómo mi madre se colocaba estratégicamente a mi espalda, para que no pudiera verla mientras le indicaba a mi padre cuál había sido el menú del día.
Cuando llegamos a la residencia el abuelo está sentado en su sillón de siempre. La mirada perdida de siempre. La inexpresividad de siempre.
- Hola, papá – le digo -. Lucas y yo hemos venido a verte. Anda, Lucas, dale un beso al abuelo.
Lucas se acerca y besa a su abuelo en la mejilla. Mi padre reacciona y besa también a Lucas en la cabeza. Entonces, le da unos golpecitos suaves en la cabeza y se lleva los nudillos a la nariz. Aspira profundamente y dice:
- Macarrones y pollo con ensalada.
Sonríe y le guiña un ojo a Lucas. El nudo de mi garganta sólo me deja decir:
- Sí, papá. Macarrones y pollo con ensalada.
martes, 15 de noviembre de 2016
El tren de los extraños
Me despierto con la cabeza apoyada en el cristal de la ventanilla. Noto un leve traqueteo en el asiento. Al mirar hacia fuera veo un campo inmenso, amarillo y verde, sin ninguna casa ni construcción a la vista. Un poste de la luz pasa lentamente hacia atrás. Luego otro. Y otro. Sin duda, estoy en un tren que viaja muy despacio, pero a velocidad constante. El sol empieza a salir por el horizonte y me apunta directamente a los ojos. O quizás empieza a ponerse, no estoy seguro. Miro alrededor y no veo a nadie más en mi vagón. ¿Cómo he subido a este tren? ¿Hacia dónde se dirige? No consigo recordarlo.
Me levanto del asiento buscando con la mirada alguna señal que me ayude a conocer el destino. Nada. En la parte trasera del vagón hay una puerta. “A lo mejor en otro vagón alguien me puede ayudar”, pienso. Al abrir la puerta veo a varias personas extrañas sentadas en los asientos.
Un hombre muy mayor uniformado como un soldado prusiano me mira con odio. Tiene un bigote totalmente blanco y enorme, le tapa casi toda la cara. Lleva el casco puesto, con pincho incluido, y parece ridículo. Pero sus ojos me asustan, son profundos y transmiten una agresividad terrible. Me sigue mirando fijamente. Me lanza un grito desgarrador, rabioso. Paso de largo sin atreverme a seguir mirándole, con miedo a que se abalance sobre mí.
Una chica joven, de pelo rubio, largo y lacio, está haciendo malabares con varias pelotas. Las mantiene en constante movimiento, sin que ninguna haga el amago de salirse de su órbita. Me pregunto cómo puede conseguirlo dentro de un tren en movimiento. Tiene los ojos fijos en las pelotas, concentrada y seria. Cuando paso por su lado uno de sus ojos, sólo uno, me mira descaradamente. El otro ojo sigue fijo en las pelotas. Se ríe a carcajadas como una loca. Le faltan varios dientes y me resulta muy desagradable. Las pelotas siguen en movimiento vigiladas por un solo ojo.
Una pareja se besa apasionadamente en dos asientos contiguos. Parecen sacados de una fotografía de principios del siglo XX, vestidos de gala, como si estuvieran en una boda o una fiesta. Se tocan y acarician sin disimular lo más mínimo, riendo sin parar. Sin fijarse en nadie se levantan de los asientos, corren de la mano para entrar directamente en el baño del vagón. Parece que sí les avergüenza que les vean follar en público. No han pasado ni quince segundos cuando los dos salen del baño y se dirigen de nuevo a sus asientos. Ella va cogida de su brazo, seria y formal. Él anda muy erguido y digno. Al sentarse vuelven los besos, las caricias y la lujuria.
Al fondo del vagón un grupo de enanos cantan a coro una especie de himno funerario. Llevan camisetas deportivas sin mangas, todas iguales. Deduzco que son de algún club que van a alguna competición. Todos los enanos tienen la cara desfigurada. Unos con cicatrices enormes, otros con quemaduras grotescas. Sólo la directora del coro, equipada con los mismos colores que los enanos, tiene una cara sin marcas trágicas. Pero mueve los brazos compulsivamente, sin ritmo, sin armonía, desacompasada de la melodía que graznan los enanos, cada vez más lúgubre y grave.
La puerta por la que he llegado al vagón se abre a mi espalda. Me giro y veo al revisor, alto, esbelto, con barba perfectamente cuidada. “Al fin alguien normal”, pienso. Sin querer mirar al resto de pasajeros, me dirijo directamente hacia él.
- Disculpe, estoy un poco confuso – le digo frotándome la cabeza que ha empezado a dolerme de repente.
- ¿En qué puedo ayudarle? – la voz del revisor es pausada y agradable. La pregunta llega acompañada de una sonrisa que me tranquiliza.
- No recuerdo cuándo ni dónde ni cómo he subido a este tren. ¿Puede decirme el destino, por favor?
- ¿El destino? – parece dudar antes de responderme – Pues no hay un destino fijo. En realidad, no recuerdo que nadie haya bajado nunca de este tren. Los pasajeros suben, pero no bajan.
Ahora el que dudo soy yo. Vuelvo a mirar confuso al prusiano agresivo, la rubia malabarista, la pareja de amantes, el equipo de enanos y al revisor.
- Pero, entonces… ¿dónde va este tren? ¿Quiénes son estos pasajeros? No entiendo nada…
- Este es el tren de los extraños – me responde el revisor con mucha calma, como si fuera algo evidente –. A los raros del mundo los montan en este tren. Aquí no desentonan.
- ¿Qué les montan en el tren? ¿A los raros? – empiezo a sentirme mareado – Eso no tiene ningún sentido…
- Sí lo tiene, ya lo entenderá – me vuelve a sonreír condescendiente –. Por cierto, ¿su billete, por favor?
martes, 18 de octubre de 2016
Microcuento
Llueve, es martes y tú sonríes mientras pasas la última página del Libro de Páginas en Blanco.
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