Desde hace algún tiempo he ido guardando en una caja roja algunas historias, relatos, microcuentos y pensamientos. Algunos reales, otros imaginarios. Ahora los comparto con vosotros...

martes, 16 de febrero de 2016

33 RPM





¡Lo conseguí! Diez años me ha costado. Diez años de ensayos, ensayos y más ensayos. Diez años de llamar a muchas puertas, de tocar en bares y locales a los que casi no iba ni el dueño, peleando por un sueño que hoy parece que empieza a hacerse realidad. Diez años de los que hago balance mientras me pellizco para asegurarme que todo esto es real y me ha pasado a mí, por fin.


No fue fácil conseguir el dinero para pagarme las clases en el conservatorio, el profesor de canto y un instrumento en condiciones. No es suficiente sólo con tener algo de talento, hay que invertir mucho tiempo y mucho dinero para mejorar y perfeccionarse. Ya me lo recordaba mi profesor después de cada clase: “Un uno por ciento de talento y un noventa y nueve por ciento de trabajo”.


También tuve que luchar contra mi timidez y cambiar mi actitud en el escenario. Mi aspecto desgarbado, delgado y no especialmente agraciado no ayudaban mucho al principio. Mis ojos son demasiado pequeños y mi pelo escasea cada vez más. No soy para nada el prototipo de ídolo de jovencitas, ni parezco sacado de una portada de revista. Además cometía el error de dedicar más tiempo a pensar en cómo me veía mi escaso público a cómo quería verme yo. A veces pensaba que hasta el espejo se cansaba de verme ensayar en frente suyo.


Hubo muchos momentos en los que me apeteció arrojar la toalla y renunciar a seguir peleando. Como el día que un manager cabrón quiso timarme para que le adelantara el dinero que necesitaba para ir gestionando unas actuaciones que nunca existieron. Menos mal que nunca confié en él del todo y le dije que no. Y todavía se atrevió a amenazarme con que les hablaría a sus contactos de mí para que nunca me contrataran. Me di cuenta que en este mundo siempre habrá gente dispuesta a engañar y hacer negocio con las ilusiones de los demás.


O como la noche después de aquel concierto en una conocida sala de actuaciones en mi ciudad. Los ojeadores de las discográficas solían asistir a esa sala buscando nuevos artistas, ¿por qué no iba a ser yo? Estaba convencido que esa podía a ser mi gran noche, la primera en la que tendría repercusión más allá de mi reducido grupo de amigos. Si aquel concierto salía bien, tendría muchas posibilidades de dar un salto enorme en mi carrera.  Pero todo salió mal, desde el principio. Empezando por una indisposición un par de días antes que me dejó casi sin voz y sin descansar lo suficiente, siguiendo por un sonido pésimo que el técnico no quiso o no supo solucionar y acabando por un público más pendiente de pedir una copa que de escuchar alguno de mis temas. Cuando salí de aquel local pensé que era el momento de dejarlo. Se acabaron los conciertos, se acabaron los ensayos, se acabó la música.


Pero la pasión pudo a la razón, afortunadamente para mí. Además, supieron aconsejarme bien y yo hice bien en dejarme aconsejar. Continúe haciendo lo que más me gusta y aprendí que tropezar una vez no significa quedarse tirado en el suelo. Cuesta, pero hay que levantarse. Y una noche de inspiración las musas me ayudaron a componer el tema que me dará a conocer. Se lo debo todo a ellas. A ellas y a la suerte de estar en el momento adecuado en el lugar adecuado: un productor que me conoce gracias a las redes sociales, escucha ese tema, le gusta, me conoce, conoce el resto de mi trabajo, apuesta por mí y me ofrece un contrato. ¡Un contrato! ¡Poder vivir de la música, de mi pasión! ¡Una pasada!


Ahora sé que me queda mucho camino por delante. Sé que esto no va a ser fácil, que necesitaré dedicarle mucho más tiempo que hasta ahora, que tendré que renunciar a algunas de las cosas que he hecho hasta hoy. Pero también sé que si algún día un desconocido me para por la calle y me dice que una de mis canciones le ha emocionado, todo esto habrá merecido la pena.

miércoles, 10 de febrero de 2016

El grupo





No entiendo por qué se enfada mi nieta conmigo, no hago nada malo. Siempre me dice que allí me comen la cabeza, que se aprovechan de mí, de mi desesperación. Pero no estoy desesperada. En el grupo lo paso bien, he hecho amigas y amigos, nos distraemos y nos hacemos compañía unos a otros. ¿Qué hay de malo en eso? Es verdad que tengo que pagar veinte euros todos los meses, en eso lleva razón. Pero son para ayudar a los que lo necesitan. Ángel es de fiar y reparte el dinero entre los que lo necesitan. Y sus charlas son maravillosas, después de tantos años de rezos y plegarias que no me servían para nada. Pero las charlas de Ángel sí me ayudan. Ahora sí creo de verdad. Cuando llegue el momento, estaré preparada. Ángel nos ha prometido a todos que estaremos preparados. La verdadera felicidad llegará y entenderemos el verdadero significado de este valle de lágrimas.



Cuando mi Fede murió se fue sin nada, sin esperanza. Él nunca creyó en nadie, sólo en él. El cura del pueblo siempre le reprochaba eso. "Mucho venir por la iglesia de paseo, pero ni rezas ni participas como Dios manda", le decía. A mi Fede eso le traía sin cuidado. Mientras tuviera su plato en la mesa a la hora de comer y su ropa para el campo preparada, no necesitaba nada más. Ni siquiera a mí, después de casi cincuenta años casados, me hacía caso. "Como no te arrepientas de tus pecados y te redimas, irás al infierno", le recordaba yo cuando me enfadaba con él. Mi Fede se reía y decía "El infierno no puede ser peor que esto". Sé que me quería. A su manera, pero me quería. Ojalá mi Fede hubiese conocido a Ángel. Él hubiera sabido explicarle y habría cambiado. Siempre se lo digo a Ángel después de sus charlas. Y me da la razón. Pero ya es demasiado tarde para él. Pero no para mí.


Por eso me alegro de que Ángel se me acercara aquel día en la puerta de la iglesia. Fue muy agradable conmigo y me acompañó a casa para que no fuera sola. Ese día no necesité mi muleta para caminar, me apoyé en él, era como si fuera de mi familia, como si le conociera de toda la vida. Por eso no entiendo por qué mi nieta no puede ni verle. Ángel lo sabe y por eso no se acerca a ella. Recuerdo lo bien que me explicó cómo estaba formando un grupo de gente de mi edad, que solemos estar solos. "Cuánta razón, hijo", le dije. Me gustó que quisiera cuidar de nosotros. Todas las actividades que me propuso eran perfectas para mi edad: reuniones para hablar de nuestras vidas, de nuestras anécdotas, lecturas de libros que él nos recomendaría, charlas de algunos amigos suyos para que estuviéramos entretenidos, proyectos de solidaridad entre todos, ayudando a los que más lo necesitan... Todo bueno, nada malo. Me pareció poco lo de los veinte euros. El dinero a nosotros ya no nos vale para mucho, con tener nuestras necesidades cubiertas. Y a ellos les hace muchísima falta, cualquier ayuda es poca.


Estoy deseando llegar al local para ver de qué nos habla hoy. Seguro que hoy nos tiene preparado algo interesante, siempre encuentra temas que nos gustan. Si no fuera por la lata de la muleta, habría llegado hace rato. Ahí está, ya llego. ¿Por qué habrá hoy tanta gente en la puerta? ¿Y por qué está la persiana cerrada? Ángel no ha debido llegar todavía y le estarán esperando fuera. A estas horas suele estar, se ha debido retrasar hoy. Pero ¿y esos coches de policía? Qué raro. Y esa que está con los policías parece mi nieta… ¿Qué habrá pasado?

miércoles, 3 de febrero de 2016

Llueve sobre mojado




Las siete de la mañana. El despertador es implacable, como cada día laboral desde hace ya unos años. En la emisora de radio suena casualmente “Have you ever seen the rain” de Creedence Clearwater Revival. Caprichos del destino.

Aún medio dormido y con un movimiento mecanizado de tanto repetirlo, Pablo apaga el despertador y alcanza su móvil de la mesilla de noche. Consulta la aplicación del parte meteorológico para comprobar la probabilidad de que hoy llueva: setenta por ciento. Por suerte, el viento no hará acto de presencia. Aun así, habrá que salir preparado.

Mientras el olor a café recién hecho se apodera de su pequeño estudio, Pablo se da una buena ducha. Se siente aliviado por no haber tenido pesadillas esa noche. Siguen siendo más frecuentes de lo que le gustaría, aunque su psicóloga le está ayudando a intentar convivir con ellas. La noche anterior fue de las peores en los últimos tiempos. Volvió a revivir como si fuera totalmente real el día de la riada. Las lluvias torrenciales durante horas, el sentimiento agobiante de no poder salir de aquella caravana mientras el ruido ensordecedor del agua sobre la chapa no le dejaba casi escuchar los intentos para tranquilizarle de sus padres, los coches y árboles arrastrados por el agua y el barro pasando por delante de las ventanas, las caras de horror de las personas que veía flotar intentado agarrase desesperadamente a cualquier sitio para salvar su vida… Cuando pasas por una situación así con seis años, te marca para siempre. Ni la medicación consigue borrar esas imágenes de la memoria.

Justo antes de salir de casa, Pablo se asegura de que las dos únicas ventanas que dan al patio interior están perfectamente cerradas, sin posibilidad de que una sola gota pueda entrar en todo el día. Revisa que en su bolsa lleva el paraguas plegable y que el que utilizó el día anterior está ya completamente seco. Puede que mañana lo vuelva a necesitar.

Al llegar a la calle comprueba con alivio que en ese momento ya no llueve. Pero los nubarrones negros que se acercan desde el sur le avisan que no tardará mucho en hacerlo. Decide que irá al trabajo por el camino largo, dando un rodeo antinatural. Sabe que tardará casi quince minutos más que por el camino más corto, pero durante el trayecto hay más lugares en los que resguardarse si comienza a diluviar y el paraguas no es suficiente protección.

Cuando pasa por la cafetería de la esquina, la mesa que da a la ventana está vacía. Algo extraño a esas horas, en las que varios clientes suelen desayunar precipitadamente. Pablo se emociona al recordarse sentado en esa misma mesa hace apenas tres meses, con Lucía. Lamenta que ella nunca llegará a entenderle del todo.

- Ya sé que estás tratando de solucionarlo, con la psicóloga, la terapia y todo eso. Pero…
- Pero, ¿qué? Hago lo que puedo. 
- Pero yo no puedo vivir así, condicionada casi a diario. Si llueve no quieres salir, prefieres que nos quedemos en casa. Y yo necesito hacer cosas diferentes. Si te propongo un viaje a algún sitio lo primero que miras es cuántas precipitaciones se registraron allí en el último año. Y los veranos en el pueblo son imposibles contigo. Sólo el riesgo de tormenta te paraliza. Ni tus amigos de toda la vida pueden verte el pelo en cuanto se oye un trueno en la distancia.
- Se me da bien detectar cuándo va a llover. Igual me dan un premio por batir un record Guinness o algo así… 
- Por favor, no bromees. Intento hablar en serio. 
- Lucía, ya hemos hablado de esto otras veces… 
- Sí. Pero es que ahora me propones lo Almería. Irnos a vivir allí, romper con todo, olvidarnos de lo que tenemos… Es de locos. 
- El trabajo que me ofrecen es muy bueno y está bien pagado. Tú también podrías encontrar algo sin problemas en lo tuyo… Y no está tan lejos. En tres horas en coche llegaríamos... He comprobado que también hay buena combinación en tren… 
- Y se supone que tendría que renunciar a mi vida aquí, ¿no? Mi familia, mis amigos, mi trabajo, mis aficiones… Eso es pedir demasiado. 
- Yo también renunciaría a todo eso. Y creo que podríamos ser felices allí. 
- Tú serías más feliz. Los días que no llueva, claro. Yo sería infeliz prácticamente todos. 
- Entonces… ¿no te vienes? 
- No, no me voy. No puedo soportarlo más. Lo siento, Pablo… 
- Ya… Y tampoco te quedas. 
- Eso, Pablo… Tampoco me quedo. 

Al final lo de Almería no se concretó, muy a su pesar. Vivir en la ciudad con menos probabilidad de precipitaciones de todo el país era un reclamo muy tentador para él y su fobia a la lluvia. Desgraciadamente para él, lo de Lucía sí se concretó, ya no quería volver con él.

Los nubarrones negros le acompañaron todo el camino, pero aguantaron sin descargar hasta el momento en que Pablo entraba en el edificio de su oficina. Unos pocos minutos más y habría tenido que abrir el paraguas y apretar el paso para sentirse a salvo lo antes posible. Pablo entra en el hall y se dirige hasta el ascensor que le lleva hasta su despacho. Saca el móvil de su bolsillo y vuelve a consultar el parte meteorológico para su hora de salida. Pronostican que las nubes se habrán marchado y hay posibilidad de que luzca el sol. Por si acaso, Pablo vuelve a comprobar que en su bolsa sigue estando su paraguas plegable.

miércoles, 27 de enero de 2016

En el escaparate





Allí estaba, el número seis de la calle Menor. Justo al lado de la parada de autobús que le habían indicado por teléfono. Estaba citada a las nueve de la mañana para empezar en su nuevo trabajo. Miró su discreto reloj de muñeca y comprobó que aún faltaban quince minutos para la hora acordada. Sabía que era importante ser puntual, sobre todo el primer día en un nuevo trabajo. Había que causar buena impresión. Pero también sabía que llegar demasiado pronto podría transmitir cierta impaciencia. Así que decidió dar una vuelta a la manzana a buen paso, para conseguir llegar en el momento adecuado.


Al girar la esquina descubrió una tienda de moda con un amplio escaparate. Le llamó la atención un vestido azul que lucía un maniquí descabezado. Pensó que podría ser una buena elección para llevar en la boda de su prima Laura del próximo verano. La tarde anterior se había acercado a su casa para darle la noticia y entregarle la invitación. Odiaba las bodas y todo lo que las rodeaba. Pero no podía faltar a esta. Toda la familia estaba invitada y sería mucho peor no asistir. Era lo que le faltaba para que pudieran reafirmar las teorías de rarita de la familia y de que nunca se iba a casar.


Se acercó al escaparate para poder ver mejor el precio del vestido y se sorprendió al ver su cara reflejada en el cristal. “¿Cómo puedo tener tan mala pinta?” Había decidido casi no maquillarse para no llamar mucho la atención el primer día y su pelo se había alborotado con el frío viento del norte que había llegado aquella mañana para quedarse. Sus ojeras parecían más marcadas que por la mañana en su casa. “Joder, casi parece que vengo de resaca…” En ese momento recordó las palabras de su prima la tarde anterior:

- Tienes que cuidarte más, sacarte más partido. Eres guapísima, pero no sabes lucirte como podrías. ¡A ver si en la boda te presento a alguien y te emparejamos de una vez! Bueno, eso si no encuentras a tu príncipe azul en ese nuevo trabajo que me has contado…


Sin dejar de mirar sus propios ojos reflejados en el cristal rebuscó en su bolso y sacó el corrector para las ojeras. Encendió la cámara del móvil para poder verse en él y se dio unos leves toques que le ayudaron a disimularlas. Después un poco de brillo de labios, sin pasarse, y un poco más de sombra de ojos. Deshizo el trabajo que el viento le había causado en el pelo, dejándolo bastante más decente. Se volvió a mirar reflejada en el cristal del escaparate. “Esto está mejor”, pensó.


Casi habían pasado diez minutos, así que decidió volver por donde había venido y regresar cuanto antes al número seis de la calle Menor. Al entrar por la puerta volvió a recordar la voz de su prima Laura la tarde anterior: “¡Y tienes que sonreír más!”


Pulsó el timbre y puso su mejor sonrisa, esperando a que le abrieran.

domingo, 10 de enero de 2016

Microcuento

Después de meses de desencuentros, los dos aceptaron firmar una amnistía emocional.